Hay días malos, otros buenos, algunos a medio camino… en esos días podemos estar molestos, alegres o apáticos.
Yo suelo cambiar de ánimo con gran facilidad, es lo mismo reirme a carcajadas que poner una carota de molestia. Como diría mi abuela, que en paz descanse: “esa muchacha es un querrequerre”, porque acepto que paso más tiempo malhumorada, sea por una gran cosa o por una tontería, seguramente yo consigo la forma de enrollar la situación y ahogarme en un vasito de agua.
También acepto que no soy una persona fácil de llevar. Suelo ser bien introvertida, hasta en familia. La mayor parte del tiempo ese mutismo es traducido por terceros como antipatía. Por otro lado, mi lado ácido se descontrola y puedo soltar cualquier sarcasmo envenenado, en el momento menos pensado.
Me resisto al cambio. Soy un animalito al cual le gusta su rutina y cualquier cosa que la quiebre, es motivo de estrés en mi vida. También soy de las ue va dejando todo para luego: mañana hago esto, pasado hago aquello, porque hoy estoy full. Siempre estoy llena de cosas que hacer, de proyectos que bullen en mi cabeza, de papelitos con listas de propuestas, que muchas veces se quedan allí en el papel y jamás pasan a la acción.
Y hay alguien que me acepta así… que se ríe de mis pucheros, que me toma en sus brazos cuando me ve alterada, que me da el empujoncito que necesito para hacer la lista de cosas que me faltan… Él está allí y cuando yo me veo reflejada en una mirada llena de ternura, entonces entiendo que físicamente es posible que la felicidad no quepa en ti mismo.
Algunos de ustedes lo conocen y si no, se los presento… la Luz de mi Corazón.

















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